Viajé a una isla en Querétaro

Mi ser, mi energía y mi mente, necesitaba un break, así que decidí emprender un mini viaje, feliz de la vida, después de 4 o 5 meses no viajar a ningún lado.


Pareciera que todos morimos de miedo de solo pensar en que algo nos puede pasar si salimos y el terror colectivo que se genera. No quiero decir con esto de que ya nos valga todo el tema de la pandemia y hagamos una vida “como antes”, pero sí creo firmemente en que tenemos que ir regresando poco a poco a las cosas que nos encantaba hacer antes del encierro y que tuvimos que suspender, en mi caso una de esas cosas que amo con locura es VIAJAR, pueblear y conocer nuevos lugares.


Así que el sábado en una mini reunión con 2 amigos, decidimos salir el domingo a un lugar que teníamos muchas ganas de conocer y por x o y razón no habíamos ido.


Un lugar al aire libre, donde pudiéramos conectar con la naturaleza, y tuviéramos poco contacto con gente, justo era lo que necesitaba, regresar a ver esos paisajes mágicos que tiene nuestro país en carretera. Así que sin pensarlo dos veces me apunte feliz al plan.


Una hora con 45 min aprox. en carretera, rumbo a Cadereyta, Qro. Sin ninguna expectativa de cómo era, o que podía encontrar, solo sabía que una lanchita nos esperaba, para adentrarnos a un paseo de fin de semana que tanto anhelaba.


Llegamos a la Isla de Tzibantzá a 30 min aprox. del pueblo mágico de Cadereyta, justo en el límite entre Hidalgo y Querétaro.


Este maravilloso lugar, es una presa, creada en los años 90s con la finalidad de hacer una hidroeléctrica, antes era un río, que utilizaron para crearla. Según nuestro guía y conductor de la lanchita, mide alrededor de 42 km, cuando el nivel del agua llega a lo más alto.


Me sorprendió gratamente que desde la entrada del lugar, hay una caseta donde dice que debes usar cubrebocas, todos los conductores de las lanchas están protegidos y te dan gel antibacterial al subir. Me dio mucho gusto ver, que a pesar de ser un pueblito y lugar pequeño, los lugareños se cuidan y cuidan del turismo, que sin duda es su fuente de ingresos.


Luis, nuestro guía, nos contó que la isla es una cooperativa, donde 80 ejidatarios, son los que administran, conservan y promocionan el lugar.


Tienen dos recorridos a lo largo de la presa, nosotros optamos por el de los manantiales, donde incluso puedes bañarte en aguas termales de entre 32 y 35 º C.

Además de estos recorridos puedes hacer kayak, pesca deportiva, acampar, o quedarte en alguna de las cabañas que hay en la isla.

Del lado de los manantiales, puedes encontrar unos árboles flotando en medio del agua, son sabinos que se encontraban en el río que pasaba por ahí, antes de que construyeran la presa, sin duda es una vista única y diferente la que le dan al lugar.


Volver a salir y saber que es un lugar al aire libre, donde hay muy poco contacto con la gente y que estas en medio de la naturaleza, sin duda es uno de los mejores planes que he hecho en este año tan complicado.


Ir en la lanchita sentada hasta adelante, con el viento dándome en la cara, viendo las aves volar esperando encontrar alguna presa para cazar, con las montañas y el agua como escenario principal sin duda me hizo sentirme tan feliz, tan llena de energía y a la vez tan relajada.


Por unas horas, mi mente dejo de pensar en todo lo que está pasando en el mundo, solo se conectó de nuevo con la naturaleza. Porque además no hay señal de internet, (en los restaurantes y lugares para hospedarte si hay), entonces fue una verdadera desconexión.


Si quieres vivir un momento de paz, relax y naturaleza, sin duda Tzibantzá es la opción.






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